Permita-me o leitor que, desta vez, suspenda os habituais temas, sempre um pouco áridos, que aqui venho tratando e me atreva a fazer uma breve incursão na nobre literatura de viagens. Os lugares justificam-na: Sevilha, Córdova e Granada. Ou seja, lugares históricos de embate de civilizações, a islâmica e a católica. Lugares onde a história se encontra registada no seu mais elevado e sofisticado nível.
Quando, em pleno Agosto, cheguei, com a família, a Sevilha deparei com um cenário curioso: ao deslocar-me, a pé, da zona da Igreja de Macarena para o centro, às quatro da tarde, encontrei um autêntico deserto humano, fruto de uma mistura entre a “siesta” e as férias dos muitos sevilhanos que abandonaram a cidade e o calor. O centro, esse, estava repleto de turistas e dos resistentes indígenas que trabalham no turismo. Deslocámo-nos em direcção à Giralda e, depois, ao Real Alcázar, preparando a meticulosa visita do dia seguinte. De facto, quando visitei o Alcázar pela primeira vez fiquei literalmente arrasado pela beleza do Palácio, pelo fabuloso equilíbrio entre o geometrismo exacto do conjunto e a perfeição minuciosa e quase infinita das formas que o revestem e o envolvem. Trata-se de um excesso não excessivo. De um excesso que nos convida a pedir mais. De um tesouro tão trabalhado que nos esmaga com a simplicidade da sua beleza. Mas também de mistério. De imaginários olhares escondidos que resistiram ao tempo, eternizando-se por detrás daquelas redes ou filigranas em gesso, pontes entre o desejo oculto e o mundo exposto naqueles salões. De mistério e de fuga, de olhares fugazes, de traições e assassínios. Numa Andaluzia dos Califados e dos Sultanados árabes. E de Pedro, «O cruel», ou do poderoso Carlos V. Séculos de intensa vida política, de conquistas e de derrotas. E de cultura requintada. O Alcázar, misto de estilos, mas de imponente e difusa presença estética muçulmana, impressiona. Um verdadeiro complexo estético, mas simples na sua relação com o nosso olhar. Quase me atrevia a dizer que, tendo conhecido o Alcázar antes da Alhambra, a visão desta ficou condicionada por tanta beleza concentrada neste Palácio Real.
A Alhambra, claro, é um enorme complexo monumental que multiplica o que já se vira no Real Alcázar. Em primeiro lugar, a dimensão monumental dos Palácios e dos jardins, incluída a residência de Verão dos monarcas, o Generalife. Depois, a localização sobre Granada, em frente ao Bairro Albayzin, na colina oposta. Visão soberba de uma Granada única. O Albayzin e a Alhambra interagem como paisagens em diálogo, estruturando a verdadeira Granada. Qualquer uma das vistas – do alto do Albayzin para a Alhambra ou da Alcazaba ou dos Palácios Nazaríes para o Bairro – é fantástica. Depois, a riqueza interna dos palácios, a sua perfeição geométrica, minuciosa e abundante, deixa-nos perplexos, perante aquele excesso de minúsculas e preciosas formas e materiais que inundam paredes e tectos, gerando, quase paradoxalmente, uma incrível harmonia e simplicidade nos conjuntos. É um poema ao arrojo estilístico, à abundância de formas, à minúcia estética, como se os palácios fossem uma gigantesca filigrana em gesso, lá onde a própria escrita árabe assume um valor estético próprio, quase indiferente aos seus valores semânticos. Um poema à beleza construída. A Alhambra é bem o símbolo de um poder que se manteve séculos por estes lados da Andaluzia. Um poder majestático, mas altamente sofisticado, com um profundo sentido do intemporal.
Antes de chegarmos a Granada, detivemo-nos um dia em Córdova. Quisemos revisitar a Mesquita, hoje Catedral católica de Córdova. Também já a conhecia, desde os meus tempos de liceu até visitas recentes. E confesso que quanto mais a visito mais penoso se torna o percurso, porque não consigo compreender aqueles enxertos católicos num monumento tão diferente e tão belo, uma floresta de colunas onde uma luminosidade coada nos convida à reflexão distante e à serenidade. É um “non-sens” aquela presença difusa em toda a Mesquita dos tradicionais fragmentos iconográficos católicos que chupam literalmente a alma do monumento e a diluem no seu espaço ritualizado, neutralizando-a. Lembra-me Santa Maria sopra Minerva e aqueles cristãos primitivos que construíam os seus templos romanos sobre os próprios fundamentos dos templos pagãos. Não, não estamos perante um diálogo de civilizações. Estamos perante um cruel esmagamento espiritual de uma por outra.
sábado, 18 de julho de 2009
¿Por qué llora Quintana?
«La gentileza de los desconocidos»
Cuento de Antonio Muñoz Molina»
(«Nada del Otro Mundo» - Cuentos)
Una interpretación
Antonio Muñoz Molina nació en Úbeda (Jaén), España, en el ’56 y es considerado como uno de los novelistas más significativos de la literatura española actual. Estudió historia del arte y periodismo en las universidades de Granada y de Madrid. Su primer libro resultó de la compilación, en 1984, de algunos artículos que había publicado en diversos periódicos. Se llama El Robinson urbano. Madrid es un tema recurrente en sus obras. Por ejemplo, Beltenebros (del ‘89), Los misterios de Madrid (del ‘92) y El dueño del secreto (del ’94). También en nuestro cuento la historia ocurre en Madrid. Obtuvo dos premios con dos importantes obras: El invierno en Lisboa (del ’87), Premio de la Crítica y el Nacional de Narrativa, y El jinete polaco (del ’92), Premio Planeta. En 1995 fue elegido académico de la Real Academia Española.
¿Qué podemos decir sobre este cuento, que sólo aparentemente es un cuento policíaco, haciendo una reflexión general en torno a los personajes y a los valores que mueven sus vidas?
1. En primer lugar, hay que empezar por el título del cuento: «la gentileza de los desconocidos». Realmente, se trata de una historia entre dos desconocidos donde, en la superficie, se ve funcionando un tipo de relación que podemos definir con la palabra gentileza.
2. Sin embargo, verdaderamente se trata de un encuentro entre dos soledades muy diferentes, pero comunes en su profunda inadaptación respecto a la sociedad. Incluso la soledad de Quintana que, aunque sea experto en ventas de libros, en su intimidad - y en la realidad - mantiene una relación patológica con los otros, una relación movida por un sentimiento de destrucción, mientras que el encuentro con la soledad de Walberg empieza a producir efectos que lo alejan de su anómala estructura psicológica, emergiendo algo parecido con una segunda personalidad llena de humanidad, incluso de una verdadera sociabilidad rudimentaria (como se puede ver en el acto de tomar té), como si se tratara de pura esquizofrenia.
3. En mi opinión se trata, sin duda alguna, de una reflexión sobre la soledad en tres niveles:
a) por un lado, cuando la soledad se presenta como resultado objetivo de un recorrido de vida, del conjunto de los sucesos de nuestra vida individual, se presenta como algo inevitable, como una cárcel a donde la vida nos ha conducido;
b) por otro lado, cuando la soledad representa una opción espiritual, la elección voluntaria del propio aislamiento espiritual;
c) y, finalmente, cuando la soledad es casi un imperativo físico del ordenamiento del territorio urbano, sobre todo metropolitano.
Nuestro personaje principal explota la síntesis de estos tres niveles:
a) perdió la amistad de sus familiares, de sus amigos; perdió su trabajo y el respeto de la comunidad donde vivía; fue condenado a dos años de cárcel porque tuvo una relación amorosa con una joven de quince años, su alumna;
b) por eso, tuvo que transferirse a Madrid, ciudad inmensa y donde no conocía a nadie;
c) era uno de los más reputados catedráticos latinistas españoles siendo su cotidiano ocupado sobre todo por los estudios antiguos, alejando los problemas de la vida moderna, aunque trabajara en un pequeño centro de estudios, haciendo tareas burocráticas.
En Madrid, Walberg vive solo y sin referencias exteriores.Vive socialmente y subjetivamente aislado. Sin embargo, como ser humano, con sus pulsaciones vitales, no puede dejar de tener necesidad de algunas referencias exteriores, incluso referencias afectivas. Por eso empieza a depender cada vez más de la gentileza de eso desconocido que se llama Quintana. Gentileza que va convirtiéndose en amistad, complicidad, reparto. La relación que mantiene con este personaje sólo es posible porque Walberg vive en aislamiento social radical: Quintana es su puente con el exterior, pero también con su interioridad, con su misma historia personal. Por ejemplo, con Quintana Walberg hablará de su historia con la joven de quince años mientras jamás había pensado en hacerlo con alguien. Yo creo que Quintana, el cortador de labios y asesino de Walberg, es un pretexto de Molina para hablar de la soledad de Walberg con profundidad:
a) por un lado, para subrayar el lado humano, demasiado humano de Walberg, que aunque ya sepa quién es el asesino y que éste lo asesinará también, consigue decirle que no le siente odio y que ni siquiera puede decirle que haya dejado de ser amigo suyo;
b) por otro lado, subrayando la tragedia, pero recuperando la dimensión de autenticidad que siempre emerge en las relaciones humanas más profundas, Molina recupera un sentido para la vida atormentada de Walberg cuando, al final, pone en escena la joven, buscando el afecto perdido de un Walberg que desgraciadamente ha muerto sin saber que el suyo, finalmente, era un afecto profundamente correspondido, sin saber que el futuro podría darle la posibilidad de, con el afecto de una joven mujer, rescatar su torpe vida, sus desgracias, su trágico destino;
c) ¿Finalmente, por qué llora Quintana, el asesino compulsivo? Yo creo que también él compartió el flujo de humanidad que se desarrolló entre estos dos desconocidos, algo más allá de la gentileza, quién sabe si aquel nexo vital que sólo emerge en situaciones tan radicales como la que vivieron estos dos desconocidos: la soledad compartida, el amor y la muerte.
Cuento de Antonio Muñoz Molina»
(«Nada del Otro Mundo» - Cuentos)
Una interpretación
Antonio Muñoz Molina nació en Úbeda (Jaén), España, en el ’56 y es considerado como uno de los novelistas más significativos de la literatura española actual. Estudió historia del arte y periodismo en las universidades de Granada y de Madrid. Su primer libro resultó de la compilación, en 1984, de algunos artículos que había publicado en diversos periódicos. Se llama El Robinson urbano. Madrid es un tema recurrente en sus obras. Por ejemplo, Beltenebros (del ‘89), Los misterios de Madrid (del ‘92) y El dueño del secreto (del ’94). También en nuestro cuento la historia ocurre en Madrid. Obtuvo dos premios con dos importantes obras: El invierno en Lisboa (del ’87), Premio de la Crítica y el Nacional de Narrativa, y El jinete polaco (del ’92), Premio Planeta. En 1995 fue elegido académico de la Real Academia Española.
¿Qué podemos decir sobre este cuento, que sólo aparentemente es un cuento policíaco, haciendo una reflexión general en torno a los personajes y a los valores que mueven sus vidas?
1. En primer lugar, hay que empezar por el título del cuento: «la gentileza de los desconocidos». Realmente, se trata de una historia entre dos desconocidos donde, en la superficie, se ve funcionando un tipo de relación que podemos definir con la palabra gentileza.
2. Sin embargo, verdaderamente se trata de un encuentro entre dos soledades muy diferentes, pero comunes en su profunda inadaptación respecto a la sociedad. Incluso la soledad de Quintana que, aunque sea experto en ventas de libros, en su intimidad - y en la realidad - mantiene una relación patológica con los otros, una relación movida por un sentimiento de destrucción, mientras que el encuentro con la soledad de Walberg empieza a producir efectos que lo alejan de su anómala estructura psicológica, emergiendo algo parecido con una segunda personalidad llena de humanidad, incluso de una verdadera sociabilidad rudimentaria (como se puede ver en el acto de tomar té), como si se tratara de pura esquizofrenia.
3. En mi opinión se trata, sin duda alguna, de una reflexión sobre la soledad en tres niveles:
a) por un lado, cuando la soledad se presenta como resultado objetivo de un recorrido de vida, del conjunto de los sucesos de nuestra vida individual, se presenta como algo inevitable, como una cárcel a donde la vida nos ha conducido;
b) por otro lado, cuando la soledad representa una opción espiritual, la elección voluntaria del propio aislamiento espiritual;
c) y, finalmente, cuando la soledad es casi un imperativo físico del ordenamiento del territorio urbano, sobre todo metropolitano.
Nuestro personaje principal explota la síntesis de estos tres niveles:
a) perdió la amistad de sus familiares, de sus amigos; perdió su trabajo y el respeto de la comunidad donde vivía; fue condenado a dos años de cárcel porque tuvo una relación amorosa con una joven de quince años, su alumna;
b) por eso, tuvo que transferirse a Madrid, ciudad inmensa y donde no conocía a nadie;
c) era uno de los más reputados catedráticos latinistas españoles siendo su cotidiano ocupado sobre todo por los estudios antiguos, alejando los problemas de la vida moderna, aunque trabajara en un pequeño centro de estudios, haciendo tareas burocráticas.
En Madrid, Walberg vive solo y sin referencias exteriores.Vive socialmente y subjetivamente aislado. Sin embargo, como ser humano, con sus pulsaciones vitales, no puede dejar de tener necesidad de algunas referencias exteriores, incluso referencias afectivas. Por eso empieza a depender cada vez más de la gentileza de eso desconocido que se llama Quintana. Gentileza que va convirtiéndose en amistad, complicidad, reparto. La relación que mantiene con este personaje sólo es posible porque Walberg vive en aislamiento social radical: Quintana es su puente con el exterior, pero también con su interioridad, con su misma historia personal. Por ejemplo, con Quintana Walberg hablará de su historia con la joven de quince años mientras jamás había pensado en hacerlo con alguien. Yo creo que Quintana, el cortador de labios y asesino de Walberg, es un pretexto de Molina para hablar de la soledad de Walberg con profundidad:
a) por un lado, para subrayar el lado humano, demasiado humano de Walberg, que aunque ya sepa quién es el asesino y que éste lo asesinará también, consigue decirle que no le siente odio y que ni siquiera puede decirle que haya dejado de ser amigo suyo;
b) por otro lado, subrayando la tragedia, pero recuperando la dimensión de autenticidad que siempre emerge en las relaciones humanas más profundas, Molina recupera un sentido para la vida atormentada de Walberg cuando, al final, pone en escena la joven, buscando el afecto perdido de un Walberg que desgraciadamente ha muerto sin saber que el suyo, finalmente, era un afecto profundamente correspondido, sin saber que el futuro podría darle la posibilidad de, con el afecto de una joven mujer, rescatar su torpe vida, sus desgracias, su trágico destino;
c) ¿Finalmente, por qué llora Quintana, el asesino compulsivo? Yo creo que también él compartió el flujo de humanidad que se desarrolló entre estos dos desconocidos, algo más allá de la gentileza, quién sabe si aquel nexo vital que sólo emerge en situaciones tan radicales como la que vivieron estos dos desconocidos: la soledad compartida, el amor y la muerte.
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