sexta-feira, 26 de junho de 2009

Medios y poder

Jornadas «El futuro de la industria de comunicación». Junta de Galicia. Club Internacional de Prensa. Santiago de Compostela, Sede de la Fundación Caixa Galicia (23.10.2008).
Conferencia Inaugural por João de Almeida Santos.

«Medios y poder: cambios y perspectivas
en las relaciones entre política, medios y comunicación»


(La anemia democrática)

Si alguien me pidiera diagnosticar la principal enfermedad entre las que padece la democracia representativa, yo diría, sin dudarlo, que se trata de una anemia del poder político de origen electivo. Sí, lo diría, aunque estemos viviendo una grave crisis en el sistema financiero - importante pilar estructural de nuestros sistemas sociales – que muchos ya comparan a la crisis del ’29 y que es una clara demostración de la impotencia de los poderes electivos ante los círculos del poder financiero mundial. Y haría este diagnóstico sin referirme también a aquella causa que tantos analistas consideran una de las principales de esta anemia: la globalización de los procesos económico, financiero y decisional. Finalmente, lo diría sin referirme a la clásica teoría de la partitocracia que remetía la explicación para la confiscación del poder institucional por los directorios partidarios. No, no me referiré ni a crisis financieras ni a los problemas de la globalización ni a la partitocracia, porque es mi convicción profunda que los problemas más graves de nuestra democracia representativa son de orden institucional, interna, estructural y de larga duración y deben ser comprendidos con la contribución de la teoría de la comunicación. ¿Cuales son, entonces, esos problemas institucionales, estructurales, internos y de larga duración? Los identificaré en cinco puntos.

1º. El primero tiene que ver nada menos que con el corazón de la democracia: el principio electivo (sin elecciones no hay democracia) y la representatividad institucional de los políticos. El actual poder político es y se presenta como un poder anémico. Con anemia por desvitalización, por diluirse y hacerse líquido. Porque este poder está muy frágil, sin fuerza. Su fuerza, lo sabemos, provenía de la estabilidad, de la legitimidad de mandato y de la eficacia del mandato no imperativo. Esta estabilidad, lo sabemos también, resultaba del reconocimiento de que la «separación» entre representantes y representados, entre «sociedad política» y «sociedad civil», era la condición misma de la representación política. Y el mecanismo que traducía políticamente esta «separación» - que Hegel consideraba la fractura principal de la modernidad (Ritter, 1977: 43-46) – era el «mandato no imperativo», o sea, la transferencia, no revocable, de soberanía del ciudadano hacía su representante. El resultado era una representación legítima, estable y eficaz. Se obtenía así una legitimidad de mandato y un mandato de legislatura que permitían la adopción de medidas estratégicas de interés público sin necesidad de obtener permanentemente el consenso del público. El contrato social se mantenía intacto y la democracia funcionaba plenamente. Algunos autores, como, por ejemplo, Alain Minc, en «L’ivresse démocratique» (Minc, 1995), subrayan el papel de la vieja clase media y del Estado social en esta estabilidad. Lo que también es verdad. Pero el corazón del sistema representativo reside en el «mandato no imperativo» y en la «legitimidad de mandato». En nuestros días, esa «separación», como la conocíamos, ha sido superada por nuevos «vínculos inorgánicos», por nuevas relaciones de comunicación entre el poder y el público.

(Representación)

2º. La segunda causa consiste en una excesiva expansión de la representación y en su exclusiva conversión escénica. Ha sucedido que la vieja idea de la representación política, fundamental en la democracia representativa, ha conocido una tal expansión interna que terminó constituyéndose como espacio conceptual donde se ha verificado la mayor «confusión de géneros» en la historia del pensamiento político. La verdad es que en el universo de la representación política caben hoy, cada vez más: a) los tradicionales representantes políticos institucionales, pero también b) el «cuerpo orgánico» de la opinión pública: medios e «agentes orgánicos» del sistema mediático; c) los representantes de las clases, de los órdenes profesionales, de las asociaciones, etc.. Si el concepto de representación ya expresaba los sentidos jurídico, político, diplomático y escénico - algunos de los cuales se volverían orgánicamente funcionales a la representación política -, ahora, con la amplia expansión interna del concepto de representación política más allá de sus fronteras convencionales y su exclusiva conversión escénica, todos estos agentes sociales desempeñan su función de representación, sí, en el interior del sistema institucional, constitucionalmente y legalmente previsto, pero también en el espacio público de comunicación, interpelando directamente al público. Es cierto que en la dialéctica institucional estos representantes sociales o profesionales (sindicatos, confederaciones, órdenes profesionales, asociaciones) se expresan en su lenguaje corporativo, pero en el nuevo espacio público de comunicación ya se expresan como verdaderos agentes políticos ante un público universal. Es verdad. Todos los días asistimos, en los telediarios de las ocho, a las «performances» políticas de estos representantes, intentando influir y convencer directamente al público e, indirectamente, al poder político de sus razones y del interés público de sus reivindicaciones. El nuevo espacio público de comunicación es hoy una variable fundamental de todas las estrategias corporativas o políticas, sectoriales o universales que sean. Toda representación tiene hoy una dimensión escénica imprescindible, como ejercicio de poder. La representación o es escénica o no es verdadera representación. Es en este sentido que hablo de funcionalidad orgánica de la representación escénica respecto a la representación política. Como dice Manuel Castells, «el mensaje político, por lo tanto, es necesariamente un mensaje mediático» (Castells, 2007). Y es esta dimensión mediática y escénica que confiere universalidad a las prestaciones políticas de los representantes sociales o profesionales cualquiera que sea la representatividad que puedan exhibir. O sea, el espacio público de comunicación, especialmente la televisión (Santos, 2000), confiere universalidad a lo que es simplemente particular o individual ante la universalidad formal de las instituciones públicas. ¿Cómo? En dos tiempos: por un lado, en el acto mismo de hacer público lo que es privado y, por otro, haciéndolo público le confiere una difusión universal que no tenía. Universal sea porque gana una dimensión pública sea porque es universalmente difundido. Así, con esta evolución y expansión interna, hacía la universalización de las representaciones particulares, la representación política formal o institucional termina por perder su sentido originario.

(El ciudadano que se vuelve público consumidor)

3º. Una tercera causa de dicha anemia política tiene que ver con el concepto de ciudadano. El proceso a que nos referimos presupone una mutación profunda en la parte opuesta del sistema, o sea, en el concepto de ciudadano, el receptor de la comunicación política. Es una consecuencia lógica de la centralidad política del espacio público de comunicación que el ciudadano se vuelva público, espectador o consumidor de productos simbólicos, de bienes culturales, en el sentido que le dio Adorno en la «Dialéctica del Iluminismo». Una diferencia radical que cambia la relación política ciudadano-representante. Las categorías de público, espectador o consumidor son categorías menos determinadas, más vacías, más neutrales, transversales y pasivas que la categoría de ciudadano activo. Aquellas pueden ser destinatarias de los más variados productos en una relación de tipo vertical, de tipo sujeto-objeto, de tipo «one-to-many». El discurso orientado hacía el consumidor debe por eso obedecer a padrones muy diferentes de los que integran los discursos orientados hacía el ciudadano activo. Ciudadano que no es reducible a la dimensión pragmática e instrumental del consumidor o del público, porque es más complejo. Pero, la homologación de la política al discurso mediático y su adaptación a las exigencias operativas del nuevo espacio publico de comunicación, a sus códigos, a sus tiempos, a su velocidad, a su lógica han generado una equivalencia funcional entre los conceptos de público, espectador e consumidor y el concepto de ciudadano, permitiendo, con eso, una perfecta homologación del discurso político al lenguaje del marketing y de la publicidad (Castells, 2007). En el análisis del proceso de construcción de su «flash party», «Forza Italia», y de su campaña electoral de 1994, he podido verificar que Berlusconi ha desarrollado hacía un nivel muy radical esta operación de (1) reducción del ciudadano a espectador. Construyendo alianzas políticas (y territoriales) de tipo tradicional muy eficaces, él ha, después, (2) radicalizado el modelo de partido conocido como «catch all party», partido electoral-profesional, y ha (3) aplicado con eficacia dos modelos para la captación de electores: la «espiral del silencio», de Noelle-Neumann, sobretodo a través de la inflación de los resultados de sus sondeos a fin de influir sobre los indecisos (llegó a aumentar artificialmente estos resultados en 14 puntos); y el modelo «two step-flow of communication», de Katz y Lazarsfeld, sobretodo a través de la creación de los «Club Forza Italia» como segundo nivel de difusión interpersonal de los mensajes provenientes de sus centros de producción e de comunicación de mensajes políticos. Pero Berlusconi ha también desarrollado otra técnica muy funcional e orgánica al nuevo espacio público de comunicación: (4) la personalización integral de su mensaje político, construyendo en torno a si una «favola bella», una narración muy bonita en condiciones de seducir el espectador, el público, consiguiendo obtener su adhesión a su propuesta. Aquí podríamos también hablar de la «televisión para sordos», como Karl Rove (Jesús Timoteo, 2007). Estas operaciones fueran posibles porque el ciudadano ha cedido el paso al consumidor de productos propios del mercado de bienes inmateriales, a productos para un consumidor de tipo televisivo. Sus mensajes, inclusa su «discesa in campo», fueran construidos con las mismas categorías del discurso televisivo, orientados hacía sus respectivos «targets» y transmitidos in modo diferenciado por sus canales televisivos: Canale 5 para la clase media, Italia 1 para los jóvenes, Retequattro para las domésticas. La política ha sido integrada en el mercado de las «industrias culturales», en el sentido adorniano, y así es posible identificar, glosando a Karl von Clausewitz, la política berlusconiana como «continuación del audiovisual por otros medios». Así, emerge otra importante característica de la política berlusconiana: en ella (5) la demanda (las expectativas del público) precede la oferta (los candidatos, los programas, los valores, las ideas). En un proceso donde las técnicas de investigación de las expectativas del consumidor político (sondeos, encuestas y estudios de opinión) son fundamentales sea para formular los programas y los discursos y mensajes políticos sea para seleccionar los candidatos. Claro, las técnicas de marketing y los instrumentos para difundir el mensaje político son también decisivas. Estos modos de hacer los conocía y los tenía abundantemente Berlusconi en su Fininvest, en su Grupo. Y como dice Castells: «la política es, en primer lugar, una media politics» y los ciudadanos «consumidores en el mercado político». Es por eso que alguien ha hablado en lección schumpeteriana de Berlusconi (Ilvo Diamante, por ejemplo), sin duda pensando al libro Joseph Schumpeter «Capitalismo, socialismo y democracia», de 1942, y a las palabras que él pone en la boca de uno de los más experimentados políticos de siempre: «lo que los hombres de negocios no comprenden es que tal como ellos trabajan con el petróleo, yo trabajo con los votos» (Schumpeter, 1974: 388) Pero, esta identificación de la política con los medios y con los mercados tiene un problema, si es verdad lo que dice Castells: «la política de los medios tiene todas las características para despertar desconfianza en el proceso democrático» (Castells, 2007). ¿Desconfianza porqué? Porque es en los medios donde mejor y más intensamente sigue exprimiéndose la política del negativo, la política del escándalo, la política «tabloid», la política «basura» o la política «spin», donde estas son, hoy, las categorías dominantes. Así pues, la tercera causa de la anemia del actual poder político está en el ciudadano que se vuelve consumidor en un mercado de productos inmateriales.

(Gatekeeping versus network society)

4º. La cuarta causa de la debilidad del poder político tiene directamente que ver con la competencia que, en un mismo nivel, le hacen los medios: políticos y medios terminan compitiendo por el mismo mercado. Esto se ha verificado durante el proceso de emergencia de los medios como un sector con funciones tan importantes que han permitido al poder mediático competir con el poder político por el dominio en el juego de fuerzas de los sistemas sociales (Timoteo, 2007). De hecho, el sector de la información y comunicación (IC) - de la prensa al multimedia, a la Net – ha incorporado tan importantes funciones económicas (publicidad y marketing), culturales (industrias culturales), informativas y políticas - situándose, hoy, entre los diez más importantes sectores en los PIBs nacionales de las sociedades occidentales (Timoteo, 2005) - que terminaría por proyectar politicamente también a sus «agentes orgánicos» («periodistas», «editorialistas», columnistas, «directores», publicistas, «spin doctors», consejeros de imagen, etc., etc.) a un nivel mucho más elevado que lo simplemente profesional: lo de la afirmación social de su propio poder y de su protagonismo político. Algunos ejemplos: el periodista Walter Cronkite, «Mister Believer», fue, por su influencia, invitado como candidato a Vice-Presidente de los Estados Unidos; Karl Rove fue considerado, por su capacidad de juego con la opinión pública, como el hombre que ha inventado a George W. Bush; Ronald Reagan era un actor; lo mismo que Schwarzenegger, el gobernador de California, que pasó directamente de la pantalla al poder político real. El poder mediático, que en este sistema sigue ocupando el lugar principal, mientras se iba estructurando como prótesis pública de otros poderes, se afirmaba al mismo tiempo como protagonista político informal, disputando legitimidad y funciones al poder político formal de origen electivo. Como dice Castells: «según la tradicional teoría de la comunicación política, la influencia política ejercida a través de los medios es muy determinada por la interacción entre elites políticas (en su pluralidad) y periodistas. Los medios funcionan como gatekeepers de los flujos de información que plasman la opinión pública» (Castells, 2007). Y esta función de gatekeeping de los medios es, tal vez, su mayor fuente de poder, pues que son ellos que «bypasan» el flujo real y global de información. Es verdad. Lo que los vuelve determinantes para el proceso de construcción social de la realidad. Y esta es la situación actual. Pero, esta situación - y esta es una evolución que puede generar condiciones para el cambio radical de la actual situación -, está evolucionando a un ritmo muy rápido con la emergencia de la nueva network society y de un nuevo social software, los new media, la comunicación móvil y la Red. El monopolio de la representación social de la realidad por los medios convencionales está comenzando a ser amenazado. Las sociedades modernas disponen ya de un nuevo social software en condiciones de superar la exclusividad del modelo convencional de comunicación basado en la relación one-to-many, en el broadcasting, característico de los medios convencionales, y de crear un nuevo modelo fundado en la relación many-to-many, que es el modelo de la Red, poniendo fin a la exclusividad de «gatekeeping» de los medios y cambiando la estructura del espacio público de comunicación. Este nuevo modelo, que genera lo que Castells llama mass self-communication (comunicación individual de masas), crea un nuevo espacio de afirmación política de nuevos protagonistas diferentes de las tradicionales elites mediáticas, expandiendo el espacio público de intervención política y haciendo emerger con fuerza un «poder diluido» que había nacido con el espacio mediático de comunicación, pero que terminaría «confiscado» por las elites mediáticas. Hablo del «poder diluido» que da el título al excelente libro de Jesús Timoteo Álvarez, «Gestión del poder diluido. La construcción de la sociedad mediática – 1989-2004» (Madrid, Pearson, 2005) o del «micropoder» de que habla Javier Cremades en su libro «Micropoder. La fuerza del ciudadano en la era digital» (Madrid, Espasa, 2007). Al espacio público de comunicación pueden acceder, ahora, no solo las elites mediáticas, sino también todos los que se mueven en la red. Es decir, como cuarta causa de la debilidad del poder político, los medios convencionales y la Red emergen como directos protagonistas políticos, provocan el cambio de la naturaleza del poder representativo y contribuyen para su anemia.

5º. La quinta causa interna de la anemia está en cómo el cambio dentro del espacio público de información ha producido también cambios estructurales en la «sociedad civil», cambiando las relaciones de poder y haciendo emerger un nuevo tipo de poder, el poder diluido, que, en la primera fase, se alimenta de los medios tradicionales, pero que termina por ser confiscado por las elites mediáticas, y, en la segunda fase, se expresa, con más libertad, en la red, a través de los instrumentos digitales. La verdad es que los medios convencionales – como elementos centrales del «cuerpo orgánico» del espacio público de comunicación – siguen siendo, todavía, el espacio donde confluyen otros poderes en busca de consumidores y, además, de legitimación pública. Lo que, ayer, se obtenía exclusivamente en los pasillos del Palacio, hoy se obtiene haciendo presión pública sobre el poder político. Hoy los poderes de la «sociedad civil» buscan directamente junto del público, a través de los medios, pero ahora también a través de los new media, de la Red, el consenso y la fuerza que, después, exhiben ante el poder político para defensa de sus intereses. Como si la negociación política se desarrollara cada vez más según la capacidad que cada uno tiene de exhibir en el espacio público de comunicación su fuerza social, factor de condicionamiento de la deliberación y de la decisión públicas. Es verdad. El acceso al espacio público de comunicación sigue siendo controlado por los tradicionales «gatekeepers». Sus opciones editoriales son más el resultado de influencias cruzadas de las propias elites mediáticas entre ellas, del sistema propietario, de los poderes fuertes de la «sociedad civil», del sistema político y, the last but not the least, del mercado de las audiencias que de una plena asunción de los códigos éticos o de sus «esquemas normativos de referencia». O sea, son más el resultado de la síntesis entre un uso instrumental, idiosincrásico y comercial de su poder de agenda y de tematización que de una plena asunción de los grandes principios éticos de su propio código ético. Los medios siguen deteniendo una fuerte capacidad de control de tipo oligopólico sobre el mercado de la información (sobretodo las televisiones) y un fuerte poder simbólico en condiciones de determinar a largo plazo la opinión pública (efectos fuertes y prolongados), condicionando el proceso de construcción del consenso. Es lo que nos dicen las más importantes teorías de los efectos («agenda- setting», «espiral del silencio», «tematización», etc.). Esta situación conoce hoy, sin embargo, y como he dicho, una evolución tal que puede cambiar todo. Hablo, con Castells, del social software, o sea, de la Red, de la comunicación móvil, de los media digitales y de su capacidad de reducir el monopolio de la representación social de los medios y su exclusividad de «gatekeeping» y de hacer emerger un «poder diluido» (o un «micropoder») que pueda invertir la tendencia desde la perspectiva de un ciudadano activo en el espacio público de comunicación, pero no más reducido a una condición de espectador o de simple público. «Cualquiera intervención política en el espacio público», dice Castells, «exige la presencia en el espacio mediático. Y, pues que este último es ampliamente plasmado por grupos económicos e gobiernos que fijan los parámetros políticos a nivel de sistema político oficial, a pesar de su pluralidad, la emergencia de políticas insurreccionales no puede ser separada de la manifestación de un nuevo tipo de espacio mediático, que se basa en el proceso de mass self-communication». Y, citando Williams y Delli Carpini: pensamos que «la erosión del gatekeeping y la emergencia de una multiplicidad de ases de información ofrecen nuevas oportunidades a los ciudadanos que deseen desafiar el dominio de las elites sobre las cuestiones políticas» (Castells, 2007). Una vez más, se trata de superar la vieja lógica de la libertad de prensa, demasiado asociada a la idea protoliberal de «libertad negativa», por una nueva lógica y por el derecho del ciudadano a la información, de superar la lógica «spin», solo posible por la concentración en pocas manos de la capacidad de «bypasar» toda la información (gatekeeping), por una información sin guardianes con su monopolio de la representación social de la realidad. Lo que es cada vez más posible en la network society. Así está clara, en mi opinión, la quinta causa interna de la anemia: los cambios estructurales que la omnipresencia de los medios y de la televisión ha provocado en la «sociedad civil».

(El proceso deliberativo)

EN ESTE PROCESO QUE HEMOS ANALIZADO, ESTA EVOLUCIÓN INDUDABLE HACIA LA “NETWORK SOCIETY”, ¿CUÁL ES EL FUTURO DEL PODER POLÍTICO DE ORIGEN ELECTIVO, DE NUESTRAS DEMOCRACIAS? ¿QUÉ TIENE QUE HACER EL PODER POLÍTICO CON LOS MEDIOS? ¿TIENE QUE CONTROLARLOS, FINANCIÁNDOLOS, CAMBIARLOS, REGULARLOS…QUÉ HACER? Veamos en tres puntos.

(Mala mediación)

1. La verdad es que esta anemia no es el resultado de la manipulación de la comunicación por un «genio maligno», sino de un proceso objetivo. Como he dicho, ha sido la emergencia, en primer lugar, de los medios (de la prensa a la televisión) como nuevo espacio público (de comunicación), con las característica que hemos visto y que veremos, y, después, de la network society, con su nueva lógica relacional, que ha producido cambios tan relevantes en el espacio público que han provocado objetivamente una mutación genética en los centros vitales de la democracia representativa: la representación, el mandato y la legitimidad. Es esta la gran mutación que tenemos que comprender, porque ella explica la famosa crisis de la representación, la erosión de la democracia representativa, la anemia del poder electivo, más allá de la teoría política clásica, que miraba exclusivamente a la partitocracia como su causa. Es esta mutación que explica la anemia y el paso de la democracia representativa a la democracia post representativa. Lo que pasa es que estamos ante la emergencia del inmaterial como fuerza productiva decisiva, ante la globalización y la universalización de los procesos y de las relaciones económicas y financieras, la desterritorialización y la descomunitarización de la comunicación y la aceleración de los procesos y, en particular, del proceso y del poder mediáticos (Bauman, 2000; Beck, 2000; Virilio, 1994 e 1998; Gitlin, 2005). «No sense of place», es el título del importante libro de Joshua Meyrowitz sobre los medios electrónicos. Porque el contexto global de las relaciones ha cambiado profundamente y porque, en este cambio, el espacio público de comunicación se volvió decisivo, llave de la cohesión social (y de su contrario), no solo porque en él confluye todo el proceso deliberativo, sino también porque en él se expresan la economía (por ejemplo, la publicidad y el marketing) y la cultura (las industrias culturales). Además, la comunicación es universal, instantánea, vertical y horizontal, en red y siempre «on line». Cuando ya no es el ciudadano que busca la información, sino la información que busca el ciudadano. Cuando estamos viviendo una revolución post industrial en la comunicación, donde la comunicación vertical no tiene ya exclusividad porque hoy el social software comprende también la Red, la comunicación móvil y los medios digitales e interactivos, o sea, la comunicación se hace hoy también en una dimensión horizontal y con una lógica de tipo relacional. La lógica del sujeto convive hoy con una lógica de variables, una lógica relacional, verificándose, no una síntesis entre sustancia y función, como quería el Habermas de la famosa polémica sobre el positivismo (Habermas, 1969: 169), sino una dialéctica de complementariedad entre ellas. Todo esto proceso objetivo, que ha empezado con los medios convencionales, ha producido fuertes efectos sobre el proceso de deliberación democrática, porque, como dice Castells: los medios «se han vuelto el espacio social donde el poder es deliberado» (Castells, 2007; véase también Timoteo, 2005: 371-374). ¿Como? Veamos. Esta Deliberación desarróllase en dos fases: a) la primera fase, en orden lógico, es, naturalmente, la fase electoral, donde se da la decisión material, a través de la colocación del voto en la urna electoral. Este proceso tiene dos funciones: una, designativa y, la otra, de transferencia de soberanía. La primera sirve para designar los representantes; la segunda, para confiarles una legitimidad de mandato no revocable, excepto en los casos que la ley prevé; b) la segunda fase corresponde al proceso de construcción o de desconstrucción del consenso, en el sentido de adhesión voluntaria a una propuesta política. En estas fases el proceso de deliberación democrática se funda (debe fundarse) en una dialéctica argumentativa racional que busca resultados buenos para el interés general o público. A su vez, el proceso de construcción del consenso se desarrolla en dos momentos. El primero es temporalmente y materialmente intensivo (campañas electorales); el segundo es temporalmente extensivo (formación de la opinión pública). En la democracia representativa tradicional el momento determinante y casi exclusivo de todo el proceso era el momento intensivo y decisional (campaña + voto). En realidad, estábamos en un período de gran estabilidad ideológica y de gran estabilidad de la «clase media». En la democracia post representativa el momento determinante de todo el proceso es el momento extensivo, aunque parezca que no lo es, por la actual intensidad comunicacional de las campañas electorales. En las campañas se verifican solo pequeños ajustes que, sin embargo, pueden, en algunos casos, ser decisivos. La verdad es que en el proceso de formación de opinión pública, o mejor, en el proceso deliberativo, se han verificado mutaciones tan profundas que han terminado por cambiar la naturaleza misma del sistema representativo desde las siguientes perspectivas: a) la dialéctica constructiva – lo que Hegel llamaba «Aufhebung» - ha cedido el paso a una dialéctica negativa (o destructiva), consecuencia de la evolución «tabloid» del discurso político y mediático; este ambiente de cultura ha sido propicio a la emergencia de la política «spin»; b) el «interés público» ha cedido el paso al «interés del público», consecuencia de la identificación de la política como «continuación del audiovisual [sobretodo la televisión] por otros medios», de la reducción del ciudadano a público y del público a «audience», reduciendo la comunicación política a simples retórica instrumental para obtención de «influencia»; c) la fase «intensiva» se volvió residual respecto a la fase extensiva, con la emergencia de un nuevo tipo de legitimidad, la «legitimidad fluctuante» - que resulta de las fluctuaciones de la opinión pública -, subalternando también la vieja «legitimidad de mandato» y reduciendo el valor de uso del voto a su «función designativa». En realidad, la fase intensiva se volvió extensiva, como «campaña permanente» («permanent campaigning»). Es el caso de las elecciones americanas (incluyendo naturalmente las primarias) o como definido en la estrategia del primer New Labour (de John Smith, pero sobretodo de Tony Blair) (Calise, 2000: 43); d) la reducción tendencial del valor de uso del voto a su simple «función designativa» ha producido mutaciones muy importantes en el núcleo central de la democracia representativa: por un lado, disminuyendo el valor de la transferencia de soberanía del ciudadano hacía el representante y reduciendo la capacidad de control del poder por el ciudadano (esta función le ha sido «confiscada» por los medios); por otro, convirtiendo la vieja legitimidad de mandato en un nuevo tipo de legitimidad, la «legitimidad fluctuante»: lo que ha provocado casi la remoción del «mandato no imperativo», esencia de la democracia representativa. El resultado de este proceso fue la reducción tendencial del valor de uso del voto y de la legitimidad (de mandato), pues que aquello es reducido a simple operación técnica de designación de los representantes. e) Estas mutaciones producen un cambio muy importante: el poder de control sale del ciudadano y pasa a los medios. Este paso tiene, para el ciudadano, más problemas que beneficios, pues que pierde un poder sin ganar otro que lo compense. O sea, el ciudadano pierde la posibilidad de confiar una legitimidad de mandato estable al representante, perdiendo un poder sin ganar otro que lo sustituya con vantaje. f) Con este proceso los medios, que eran los mediadores, se vuelven parte, mientras representan el ciudadano en su función de control. O sea, acumulan todas las condiciones para hacer una mala mediación.

(Dialéctica negativa)

2. En segundo lugar y de cara al futuro, la centralidad política de los medios corresponde a la centralidad del nuevo espacio público de comunicación, a la emergencia del subsistema comunicacional como elemento central del sistema social y a la nueva configuración de la opinión pública. Estamos en una fase de transición de la democracia parlamentaria y de partidos hacía una democracia mediática, como dice Jesús Timoteo. Y en este sistema, por lo que he dicho, la retórica persuasiva instrumental para la conquista de «influencia» sobre el público ha sustituido la información y la dialéctica argumentativa para la construcción de redes de significado y la obtención de saber sobre el ejercicio del poder. Además, el lenguaje ha cambiado radicalmente, con (a) la imagen que sustituye el lenguaje analítico, propio de la «typographic mind», hacía aquella fórmula radical de Karl Rove de la «televisión para sordos» (Jesús Timoteo, 2007), (b) el «Homo videns» que sustituye el «Homo sapiens», (c) la emoción que sustituye la razón, siguiendo aquel modelo behaviourista de la «ley de la espoleta» (sexo, escándalos y sangre), y (d) la leadership totalmente personalizada que sustituye las ideologías, los partidos y los programas. A su vez, (e) el discurso negativo se está volviendo dominante o casi exclusivo, donde «el interés público» o el «interés general» cede el paso al «interés del público», más fácil, inmediato y eficaz en la captación de «audience». El discurso negativo es, por un lado, más apelativo que el discurso positivo y, por otro, más fácil, porque congenial al lenguaje televisivo. Este discurso se exprime políticamente como ejercicio permanente de desconstrucción del poder institucional, a nombre de la vieja y protoliberal «libertad negativa», como «perro de guardia» de la opinión pública. Es claro que la justificación para la crítica del poder es siempre el «interés público». Pero la identificación del ciudadano con el público tiene sus consecuencias, o sea, la conversión de «interés público» en «interés del público». Conversión, sin embargo, imposible porque estas son categorías muy distintas: la primera corresponde al «interés general», de todos (emisores, no emisores, receptores y no receptores); la segunda directamente tan solo a los espectadores (receptores) y, indirectamente, a los emisores (publicidad). La primera tiene una dimensión estratégica de futuro; la segunda una dimensión presente, inmediata. Se comprende: partidos y media buscan la conquista de «audience», de «cuotas de mercado» para sus productos. Sus exigencias son dominadas por el presente, pues miran a ganar concretas elecciones (partidos) o «audience» y publicidad que garantizen su supervivencia económica. Esta orientación pragmática hacía el «interés del público», asumida sea por los medios sea por los partidos, tiene sus consecuencias en el plano del discurso: el discurso negativo. Donde el negativo es la categoría más transversal a todos los discursos «tabloid» porque puede asumir una forma específica para cada género discursivo. Y es eso que explica la frecuencia de las «campañas negativas» en todos los tipos de elecciones. Por ejemplo, el discurso de la Señora Palin sobre Barack Obama. O, en las elecciones portuguesas de 2005, el discurso sobre José Sócrates.

(Un nuevo paradigma)

3. Un tercer ámbito de futuro y frontera está en el enfrentamiento directo entre políticos (sistema político) y medios (sistema mediático) por establecer no solo la agenda pública sino también las decisiones políticas. El discurso político converge con el discurso mediático y con las exigencias de captación de cuotas de mercado en el universo de la «audience», los «agentes orgánicos» de la política pierden autonomía, capacidad de creación autónoma de su propia «agenda» e capacidad de influencia sobre el sistema social en general, cediendo cada vez más el paso a las nuevas elites del poder mediático y comunicacional y a otros poderes con capacidad de penetración en el espacio público de comunicación. También aquí es comprensible que el tiempo de afirmación de estas elites no sea el tiempo de campaña, sino el tiempo real de la comunicación mediática. Que está «on line». Pero esta evolución, como hemos visto, ha ya producido una mutación radical en los paradigmas comunicativos: el paradigma de la prensa y de la «typographic mind» está evolucionando hacía un nuevo paradigma de la comunicación, que conserva e integra la comunicación vertical en un sistema que comprende también la comunicación horizontal, en red, móvil y de los medios digitales. Paradigma que rompe el monopolio de «gatekeeping» de las elites mediáticas. Y que, así, pone en crisis la política «spin». Se habló muchísimo de esto en las elecciones españolas de 2004, sobretodo de la fuerza de la comunicación móvil. Pero, hay que decirlo, el modelo dominante sigue siendo todavía, el viejo modelo mediático donde manda la televisión convencional. Todos sabemos que los medios convencionales están penetrando con mucha fuerza en la red, con sus formatos digitales, con su publicidad y que intentan controlar y absorber lo mejor que es producido en las plataformas de comunicación horizontal. Es verdad también que la política no ha hecho, todavía, su verdadera conversión a esta nueva realidad, prefiriendo mantenerse en las viejas plataformas comunicacionales. Y lo sabemos que cuando lo hará no podrá ella misma dejar de cambiar radicalmente sus métodos, su organización y su discurso. Pero, es verdad que esta nueva realidad nos está dando la posibilidad de introducir sangre nueva en el sistema, rejuveneciéndolo.

(Conclusión)

EN ESTA VISIÓN DEL FUTURO SOBRE LAS RELACIONES ENTRE POLÍTICOS Y MEDIOS, PODEMOS CONCLUIR LO SIGUIENTE:

1. El paso de la sociedad orgánica a la sociedad de la comunicación ha terminado por cambiar la naturaleza de la democracia representativa tradicional. Ahora bien, si estos cambios producidos han provocado, por todas las razones que hemos visto, su anemia, ahora, con la evolución de la sociedad hacía nuevas relaciones comunicacionales, donde, por un lado, los medios pierden su monopolio de la representación social de la realidad, su poder exclusivo de «gatekeeping», y los ciudadanos consiguen establecer nuevas relaciones cognitivas sea con el poder político sea con la realidad, SERÁ POSIBLE PROPONER UNA NUEVA POLÍTICA EN LINEA CON LAS NUEVAS RELACIONES COMUNICACIONALES.

2. En este cuadro el poder político ESTÁ OBLIGADO a cambiar sus relaciones con los medios y adoptar una nueva lógica en las relaciones con los ciudadanos, reponiendo la centralidad del concepto de «interés general» y destrozando las tendencias neocorporativas que se fueran superponiendo, a través de los medios, a la lógica democrática. El momento de la política «broadcasting» y sus derivados está terminando. Empieza un periodo donde la política se va a hacer relacional. Con ella, la democracia y el ciudadano pueden ganar un nuevo ánimo.


(Referencias bibliográficas)

BAUMAN, Zigmunt. (2000) Tutto depende dall’agorà, in «Reset», 60, Roma, Maggio-Giugno, pp. 59-60.
BECK, Ulrich. (2000) Libertà e democrazia in pericolo se vincono quelli “senza principi”, 60, Roma, Maggio-Giugno, pp. 54-58.
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